Statcounter

Mostrando las entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de agosto de 2015

El secreto mejor guardado

Ayer descubrí que el tío abuelito tiene un tatuaje en el brazo. Nunca se lo había visto y nadie me había contado de él. Es monocromático y de líneas sencillas. Y cuando lo ví, me impresionó el excelente estado de la tinta al enterarme que se lo hicieron sin más herramientas que una jeringa cuando tenía 17, allá por 1919.

No le gusta que se lo vean ni le pregunten por él y le ha prohibido a su nieto que se haga uno igual. Es un tema prohibido, y me han dicho que la tía abuelita decía que si hubiera sabido que tenía ese tatuaje antes de casarse, no se hubiera casado con él (aunque yo sé que sí). 

Me hubiera encantado preguntarle a mi abue qué opinaba del tatuaje de su hermano y qué hizo la bisabuela cuando se lo descubrió (si es que lo hizo). Hubiera sido una de esas grandes historias que me tenían fascinada mientras me las contaba y yo estaba sentada en sus piernas cubierta por su chal…

Yo quiero una vida así de larga y así de llena de grandes historias para contar.

G.


domingo, 19 de julio de 2015

Tarde tormentosa

Después de una orgásmica tarde entre antiguos damascos, tafetas, plumas y astracán, mi piel tenía ya ese estado de exaltación y magia, en donde nada importa, excepto lo que los ojos ven.  Y sólo con eso, era ya una tarde como pocas.

Y de pronto, al caminar por uno de mis rincones favoritos en el mundo, el cielo se puso gris y amenazante. Y lo que empezó con pequeñas y escasas gotas, en un instante se volvió una furiosa tormenta. De ésas cegadoras, que gritan, que caen al suelo con prisa y se escapan desbocadas.

Había un largo camino por delante en el que sólo los árboles vigilaban mientras se les escapaban algunas ramas y el granizo atacaba insistente como si quisiera verme correr. ¿Qué nadie le ha dicho que a las tormentas se les vive a paso lento?

Hoy fue una de esas tardes tormentosas que sacuden y que inundan.

Hoy fue una de esas exquisitas tardes que exfolian el alma y le dan un brillo extra a la mirada.


G.


lunes, 8 de noviembre de 2010

Las mujeres no leen National Geographic ¿?

- Las mujeres no leen National Geographic -, eso me dijo un lindo argentino de ojos claros y piel apiñonada que conocí en Ipanema mientras cenaba un sanduich de queijo, y de momento no supe cómo tomar su comentario.  ¿Qué qué? ¿es en serio? ¿de que está hablando? Se me vinieron tantas preguntas en un instante.  Estaba agotada después de varios días de sobrevivir con mi mediano portugués, así que oír de pronto su rotunda afirmación en español me sacó del letargo de la noche.  

Tenía la oportunidad de charlar un rato en español y dejar de sentirme incomunicada, así que quité mi cara de incredulidad y de inmediato le pregunté por qué.  Él sólo dijo  - no sé, pero es raro ver que una mujer lea Nacional Geographic, normalmente la leen los hombres -   y luego quiso saber de qué trataba el artículo que estaba leyendo con tanto interés: hablaba del amor, no visto como sentimiento, sino como un conjunto de procesos químicos.   Y ahí estaba yo, sentada en un local de comida económica, rodeada de cariocas, a unas cuadras de la bella playa de Ipanema, en vísperas del Carnaval más famoso del mundo, enterándome del lado científico del amor…  ahora que lo pienso debió ser un cuadro un poco extraño.  

Antonio y yo conversamos un rato del tema aquél y de nuestro paso por Brasil.  Él estaba recorriendo varias ciudades y esa era su última noche en Río de Janeiro, por que quería salir de ahí antes de que lo atrapara el ajetreo causado por los festejos del Carnaval.  Yo había ido precisamente a vivir de lleno esas fiestas, y a encontrarme con un amigo muy querido que por esas fechas alquilaba un apartamento en Copacabana.   Tras una divertida y reconfortante charla, un cigarro y una soda,  nos deseamos buen viaje y Antonio se fue. 

Durante toda mi estancia en Río sus primeras palabras me rebotaron en la cabeza como abejas encerradas y se alborotó mi curiosidad.   - ¿Será cierto? -  me decía,  y prometí hacer una encuesta cuando volviera a casa, y así pasó…  ¿por qué nunca había reparado en una observación como ésta?

Primero investigué entre mis amigas, luego en la familia, los amigos y compañeros de trabajo.  Todos me miraban con extrañeza cada vez que les lanzaba la famosa pregunta y al igual que yo se daban cuenta de que era un tema que normalmente no les quitaba el sueño.  Después de mantener el contador en ceros, desistí.  Pero confirmé con cierto alivio feminista  que no era un tema de género, porque sólo un amigo pudo nombrar en su lista de publicaciones preferidas una similar a la que causó mi inusual controversia.   

Aquella curiosidad quedó satisfecha y ya puedo dormir tranquila… pero ahora tengo cierta frase que le guardo al lindo chico por si algún día lo vuelvo a ver:  - Che, estamos empatados, ustedes tampoco la leen! -

G.

Lo más visitado