Es mi corazón el que a veces grita, se sofoca y luego pide paz.
Ese corazón que a veces se echa a correr desesperado y luego se detiene a descansar.
- ¡Inconstante! -le digo entonces-.
- ¿No deberías mantener un paso más regular?
- ¡Pretencioso! -lo juzgo enconces-.
Y luego recuerdo que soy yo quien le obliga a pausar o acelerar...
-¡Resistente! -le reconozco entonces-.
Le doy una palmadita y lo pongo de nuevo a trabajar.
G.
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